Se pueden imaginar cómo era la terminal de pasajeros del aeropuerto de El Hierro en el año 1972. Pues se las voy a enseñar y a describir con estas preciosas fotos que he encontrado, una de un primer aterrizaje, creo de un avión militar, y la otra del día de la inauguración como aeropuerto comercial.
Muchos han sido los trabajadores que han desaparecido. Águeda e Isabel que hacían de ordenanza, Pedro Quintero, Tomás Quintero y José Gámez (Pepe el manco) guadajurados nocturnos porque no hacían falta durante el día. Ramón Febles «el gallo» que controlaba la eléctrica, Fernando Ribera los aparatos de radio, Francis Febles «el de Iberia» que nos entregaba las maletas, Patricio Sánchez como palero, Panchillo Álamo como bombero, Olegario Morales de conductor…, ya otros los iré añadiendo. A ellos se suman muchísimos ya jubilados.
Pero permítanme que les describa cómo era la disposición y el ambiente en este aeropuerto de minúsculas dimensiones. Para empezar no había megafonía, se llamaba en el único vuelo diario que había con una voz en alto de Juan San Juan o Rafael Gutiérrez con un «vamos a embarcar», porque recuerden que no había engorrosos controles de equipajes, este anuncio al final lo hacía el archiconocido personaje «Luciano» que a la vez hacía de improvisado maletero, siempre atento a la propina porque sueldo no tenía. Cuando se llamaba a los pasajeros siempre estaba pendiente Águeda, Isabel «la de Olegario» o Asiria de pasarte a la terraza y abrirte una pequeña cancela que nos comunicaba al aparcamiento del avión, en aquellos tiempos el Fokker F-27 de Iberia, luego de TransEuropa y por último de AVIACO.
La entrega de equipaje se hacía manual, cargando las maletas y cajas hasta un mostrador bajo de madera que a veces se colapsaba y había que esperar a que otros pasajeros recogiesen el suyo. No recuerdo que hubiera carritos portaequipajes, todo era a mano o al hombro. Al fondo, una gran foto de los lajiales nos anunciaba de que estábamos en El Hierro.
Recuerdo que el mejor sitio para ver el avión era desde el bar donde unas hermosas cristaleras de corredera nos ofrecían todo el trajín de carga y descarga del avión, unas ventanas que, por cierto, servían de aire acondicionado para paliar el calor. En la parte derecha, primero el puesto de rent a car de Autos Cruz Alta, el único que había, atendido por su propietario Ciro Castañeda y el recientemente desaparecido Rocha. A continuación la facturación con un único mostrador y una pesa manual de esas de reloj que te marcaba los 20 kilos, y si no, a pagar exceso de equipaje porque poco se perdonaba, ya que el avión despegaba bien ajustadito en su reducida pista, si no había en tiempos de calma que dejar equipaje en tierra.
Bueno, serían incontables las anécdotas de una isla históricamente incomunicada, pero será en otra ocasión.

Foto: archivo de Raúl Álamo
