Quiero expresarles mi más sentida gratitud, pues he sentido una gran ilusión, por esta invitación para pregonar la recuperación de las Fiestas de la Virgen de la Caridad del Cobre en el barrio de Los Quemados, después de un largo paréntesis de algo más de seis décadas. Me siento muy honrado, y así lo he manifestado a la asociación organizadora, de que se hayan acordado de mí para esta responsabilidad que acepto como un honor y por ello trataré de corresponderles con mis mejores afanes, como amigo y paisano fuencalentero.
Este es un pregón que hilvana, por una parte, los recuerdos de los años idos para siempre, y por otra la memoria colectiva de un barrio que siempre se ha distinguido por sus diversas iniciativas culturales y etnográficas, representadas por los Caballos Fuscos y la danza de las Viejas Solteronas, que son dos interesantes reflejos consecuencia de la emigración a Cuba desde finales del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Sin olvidar las Fiestas de la Cruz, tras un paréntesis de seis décadas, faltaba recuperar la fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre y desde este año ya es una feliz realidad, gracias a la iniciativa de quienes lo hacen posible.
Recuerdo, siendo un niño de pantalón corto, cuando acompañaba a mi madre en las visitas a la parentela de Los Quemados. Veníamos caminando desde Las Cabezadas, en lo alto de Las Indias, y la primera parada era siempre en la casa de tía Josefa, Josefa Torres Martín, que era la viuda del tío abuelo Juan Hernández de Paz, maestro nacional, muerto en trágicas circunstancias en noviembre de 1936. Tía Josefa era la madre de Pedro, Juan y Justo Pastor. Pedro Hernández Torres, nacido en 1921 en Los Quemados, fue el primer médico nacido en Fuencaliente. Juan y Justo emigraron a Venezuela y formaban parte de la larga lista de primos maternos que cruzaron el Atlántico en busca de la Tierra Prometida.
Luego, la siguiente visita era a la venta de tío Mateo y tía Gregoria, que por entonces tenían también a sus dos hijos mayores en Venezuela —Lesmes y Pepe— y con ellos vivía Ruperto Hernández Cabrera, el más joven, que entre 1967 y 1970 formaría parte de un grupo musical con origen en Los Quemados y entonces tuvo su impacto y éxito y se llamó Los Rayos, en el que la simpática Rosita —como conocíamos a Juana Rosa Salazar Francisco— era su vocalista.
Tío Mateo y tía Gregoria dejaron la venta que tenían arrendada a Cecilio Hernández —su hijo Antonio, nacido en Los Quemados, fue uno de los empresarios fuencalenteros de mayor renombre en la patria de Bolívar, dueño de la famosa “Arrocera Santa Ana” situada a la entrada de la ciudad de San Carlos, la capital del caluroso Estado Cojedes— y regentaron durante varios años el bar Puerta del Sol en Los Canarios, donde siempre me llenaban los bolsillos del pantalón de caramelos de la vaquita.
Saludábamos también a Lorenzo Rodríguez Díaz, a quien conocíamos como Lorenzo el chino y a su mujer Nieves Hernández Hernández, dos personas sencillamente entrañables, que tenían otra venta que permaneció abierta hasta 1989 y que era un punto de encuentro obligado en este barrio lleno de paz, tranquilidad, armonía y buena vecindad, donde la vendimia y la matazón del cochino eran citas ansiadas e irrenunciables para el reencuentro familiar y donde las noticias llegaban por carta casi siempre desde la añorada Venezuela o la más cercana isla de Tenerife. ¡Cuánto bien hicieron estas personas a sus vecinos en aquellos tiempos de aprietos y dificultades, con las libretas de los fiados!.
Otra visita de costumbre era a una prima de mi madre, Nereida, una de las hijas de tío Pancho “rosado” y de su mujer Dolores, que tenía un rancho de hijos —ocho—, entre ellos Juan Manuel, convertido desde hace años en un noble y estilista artista de la madera, además de desprendido vecino de su barrio natal. A la ida o a la vuelta, el itinerario de las visitas incluía la casa de Sotero, situada en la parte alta de Los Quemados, en la que siempre nos brindaban café, mistela, vino y unas galletas caseras o bizcochón. Un bizcochón grande, de color amarillo intenso, con un molde que tenía un agujero en el centro.

La primera imagen fotográfica conocida de Los Quemados data de 1902 y es una placa de cristal del fotógrafo palmero Miguel Brito, que es el pionero de la fotografía y del cine en La Palma. Está tomada desde lo alto, ladera arriba, y en ella se aprecian las casas diseminadas en la pronunciada pendiente y en la costa la blanca rompiente nos dice que ese día había reboso. Esta imagen se produce apenas 76 años después de que el francés Niépce inventara la fotografía usando una cámara oscura y una placa de peltre recubierta de betún de Judea tras ocho horas de exposición, un proceso que sería mejorado a partir de 1839 cuando otro francés, Luis Daguerre, inventó el daguerrotipo, que fue el primer método que redujo sustancialmente los tiempos de exposición.
Antes aparecen referencias concretas en planos de ingenieros militares y levantamientos topográficos y hemos de saber que los primeros vecinos de Los Quemados encontraron en el Roque Teneguía —un pitón fonolítico al que se le calcula una edad geológica de unos 600.000 años y que contiene inscripciones prehispánicas— la primera cantera para la construcción de los muros de sus casas, posiblemente antes o después de que la erupción del volcán de 1677 sepultara el primer pueblo de Los Canarios, de modo que tenemos una pequeña Pompeya oculta bajo espesores de lava al sur del majestuoso cráter del volcán San Antonio, como se aprecia claramente en dibujos del siglo XVII.
Este es un barrio importante en la historia de Fuencaliente, pues en Los Quemados estuvo la primera sede del Ayuntamiento cuando se produjo la independencia del municipio de Mazo el 19 de febrero de 1837, el mismo año en que El Paso se independizó de Los Llanos de Aridane y La Palma pasó de 11 a 13 municipios, hasta que, en 1925, con la independencia de Tazacorte, llegó a los 14 actuales. Ese inmueble, restaurado hace unos años, cedió su protagonismo a finales del siglo XIX cuando se terminó la segunda sede situada junto al antiguo camino real que hoy es sala de exposiciones y encuentros culturales.
Existen, además, varias casas antiguas de dos pisos, que son representativas del poderío de sus comitentes. Uno de los ejemplos más notables es la que hoy conocemos como Casa Los Melindros, que es todo un ejemplo de etnografía —aljibe, bodega, el lagar más grande por aquel entonces de Fuencaliente con la piedra tallada procedente de la Fuente de los Roques y que hoy es propiedad de Bodegas Teneguía; horno, pilón de tabaco, canalización de agua mediante tubería de tea…— y que en su día el padre de Cipriano el sordo compró a un potentado de Gran Canaria, a quien conocían como Juan Cogote, a su regreso de Cuba. Hay otras casas de interés, como las de Vidal de la sargenta, Félix Cleto, Caruca, Calixto Torres y de los Yanes, que son ejemplos interesantes de la arquitectura vernácula, con tejados a cuatro aguas y suelos de madera, herencia de una técnica portuguesa llamada “suallado” para lograr el mejor aislamiento del suelo.
La Fuente de los Quemados alivió en parte la sed de este barrio trabajador, que cultivaba los arenales de secano hasta que llegó el canal del agua a finales de la década de los años sesenta y comenzó la transformación espacial de La Costa, reconvertida en el emporio agrícola que conocemos en la actualidad y también llegó el agua corriente a las casas, que entonces dependían, y mucho, de los aljibes.
La pendiente en la que se asienta Los Llanos Negros delimita un espacio de referencia para el cultivo de la malvasía y de otros varietales que tanto significan para este pueblo, desde que otro quemadero, Luis Manuel Hernández Bienes, se empeñó siendo presidente de Llanovid en conseguir una mayor proyección y reconocimiento internacional con la ayuda de Isabel Mijares, entre otras destacadas personalidades de la enología nacional, demostrando con ello que este elixir de dioses no había acabado en tiempos de Shakespeare.
En los días calurosos, la gente de Los Quemados y de Las Indias pasaba el verano en las casetas de Punta Larga y los hombres iban a pescar a lo largo de la costa hasta las proximidades del faro centenario, cuya primera luz alumbró en 1903. Por las bocas del Teneguía pasó caminando Angelito “caletón” a mediodía del 26 de octubre de 1971, cuando el suelo ya le quemaba en los pies y apenas un rato después comenzó la erupción del volcán Teneguía, que duró 26 días y obligó a la evacuación de este barrio, dada su cercanía con el volcán que en octubre próximo cumplirá 55 años.
Quienes visitan Los Quemados pueden disfrutar de casas rurales situadas en un espacio singular, en el que domina la pendiente llena de paz y tranquilidad, al resguardo del imponente cráter del volcán San Antonio, así como apartamentos modernos e incluso en otro tiempo funcionó un restaurante de sugestivo nombre llamado Puesta de Sol, en el que cada Navidad, por cierto, nos reuníamos un grupo de amigos y entre ellos el siempre bien recordado Salva Rodríguez, que se nos fue injustamente siendo demasiado joven.

Los Quemados recupera la Fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre, que es la Patrona de Cuba y tiene su santuario en Santiago de Cuba y también se celebra con notoriedad en Gallegos, un barrio histórico de Barlovento dominado asimismo por la pendiente. La tradición mariana se remonta a 1612, cuando la imagen fue hallada en la bahía de Nipe por tres pescadores conocidos como “los tres Juanes”. La festividad oficial se celebra cada 8 de septiembre y es símbolo de esperanza y unidad nacional.
Mi madre recuerda venir desde Las Indias siendo una muchacha con su hermana Manola y sus primas Manola la de tía Manuela, Esperancita y Faustina a la fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre en Los Quemados. En estos días, hablando con Galileo Hernández Cabrera —que también es primo hermano de mi madre—, a propósito de la fiesta, me decía que él, junto a Manolo el chumbo y Joseíto Bienes preparaban un barquito enramado con el que hacían la representación de una tormenta, y por medio de linternas, tambores y otros útiles trataban de imitar el trueno en la oscuridad de la noche, y después de un rezado implorando su protección divina, entre unas sábanas blancas aparecía la venerada imagen que acudía a su salvación. Los “tres Juanes” se arrodillaban, rezaban a la Virgen de la Caridad del Cobre en acción de gracias y la tormenta amainaba.
Galileo, que montaba una churrería en el patio de la venta de sus padres en Los Quemados y en la que le gustaba tocar la armónica para deleite de sus amigos y clientes, sentía una vocación de torero y ese era su número preferido, pues fabricaba junto con Manolo el chumbo un toro de armazón de cañas y papel, con ojos grandes y sus cuernos correspondientes. Manolo se metía dentro y Galileo hacía de torero, con su traje de luces, montera y capote y después de ensayar, el día de la fiesta era anunciado por megafonía con una gran expectación: “¡¡a las once de la noche, antes de la verbena, gran corrida de toros del torero Galileo!!”, recuerda su protagonista, henchido de emoción.
Galileo, que siempre fue un hombre amañado con la carpintería, llamaba la atención del toro con el capote y éste levantaba el rabo y lo embestía, aunque después de ageitados movimientos taurinos y la certera estocada entre los aplausos y los vítores de los vecinos y los asistentes a la fiesta, el infortunado astado caía abatido y el torero cortaba orejas y rabo. Haciendo cuentas con Galileo, ese número del toro y el torero se remonta a 1960 ó 1961.
Galileo también es el autor de la jirafa de los Caballos Fuscos, que apareció entonces por primera vez en las fiestas de Los Quemados. Los Caballos Fuscos, de los que a finales de la década de los años cincuenta se guardaban cuatro o cinco ejemplares en la bodega del abuelo de Epifanio Hernández Pérez, renacieron junto a éste, Galileo y otros amigos, que hacían los preparativos en la lonja de la casa de Cipriano Hernández Monterrey. Su hijo Manuel Hernández Torres preparó un caballito para que lo bailara su hijo mayor, Luis Manuel Hernández Bienes, al menos en dos ocasiones, a comienzos de la década de los sesenta, mientras que la polca que acompaña la tocaba Arnulio Torres al clarinete y todos los muchachos de la época bailaron entusiasmados los Caballos Fuscos.


Los Caballos Fuscos, que con tanto detalle ha estudiado la profesora, también quemadera, Mercedes Lorenzo Pérez, a los que siempre ha dedicado sus mejores afanes y otros autores muy estimados, como son Manuel Poggio Capote y Belén Lorenzo Francisco —hija de fuencalenteros y pariente—, también han dedicado trabajos de divulgación, tienen en este caso una indudable influencia cubana, pues el retorno de la emigración trajo consigo por lo general no solo un mejor bienestar económico y social de sus protagonistas, sino también otras vivencias, costumbres, tradiciones e influencias.
Los Caballos Fuscos, que hoy laten gracias al impulso del equipo que lidera Jonás Salazar Pérez y entre todos sus integrantes mantienen vivo su espíritu, sabemos que a finales del siglo XIX un vecino de Los Quemados, Blas Cabrera Hernández, carpintero y músico aficionado, construyó los caballitos y otros elementos de imaginería festiva, como enanos y cabezudos, que formaban parte de varias celebraciones locales. En ese empeño le siguió su hijo Cornelio Cabrera Hernández, que vivió hasta 1953. El arraigo de los Caballos Fuscos ha sido tal que las fiestas de la Vendimia de Fuencaliente alcanzan su máxima plenitud con la apoteosis de las carrozas y este número, al que desde 2010 se ha incorporado una altiva jirafa —si bien ya existía en el pasado, como tenemos comprobado—, y que se ha convertido en uno de sus iconos más singulares.
En las fiestas de la Virgen de la Caridad del Cobre de antaño, los Caballos Fuscos recorrían la carretera de Los Quemados con unos ayudantes portando fuegos artificiales hasta llegar a la plaza. La fiesta dejó de celebrarse en 1962 y con ella se abrió un largo paréntesis de 25 años, hasta que, en 1978, coincidiendo con la primera fiesta de la Vendimia, en tiempos del alcalde Pedro Nolasco Pérez y Pérez y el concejal de Cultura Juan José Santos Cabrera, Margarita “Margara” Hernández Lorenzo y un grupo de vecinos de Los Quemados recuperaron este número emblemático con su característico pasacalle y baile del día principal de la fiesta.
La polca que acompaña remonta sus orígenes a finales del siglo XIX, de la que es muy probable, como apunta Mercedes Lorenzo Pérez, que sea autor Blas Cabrera Hernández; se trata de una pieza sencilla y que se repite de manera continuada y hemos de decir que, además de la interpretación que hace la banda de música de Fuencaliente en el acompañamiento en la noche grande de las fiestas, la excelente versión instrumental tiene “Echentive” nos emociona cada vez que la escuchamos.
Desde 2011 la responsabilidad corresponde a la Asociación Cultural y Etnográfica de los Caballos Fuscos del barrio de Los Quemados, que tiene el compromiso de investigar, fomentar, divulgar y preservar esta tradición cultural e histórica del patrimonio cultural y etnográfico de Fuencaliente de La Palma.
Las fiestas de la Virgen de la Caridad del Cobre comienzan a celebrarse en Los Quemados a mediados de la década de los años cincuenta. Por un programa de 1954 sabemos que la fiesta de aquel año se celebró los días 4, 5 y 6 de septiembre y su enunciado se refería a “la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre y del Niño Jesús”. La venerada imagen, que vino de Cuba, salía de la casa de Antonio Cabrera al grupo escolar, donde era venerada en un altar decorado con gran esmero por los vecinos y entre cantos de motetes y letanías, hasta el domingo, fecha del día grande, en que era trasladada hasta la plaza donde se celebraba la santa misa y se le cantaba una loa.
La orilla de la carretera desde la curva del Toscón se enramaba con hojas de palma y gajos de brezo y faya, que se traían de fuera de Fuencaliente. La gente de Los Quemados se volcaba en los preparativos de la fiesta, que tenía renombre dentro y fuera del pueblo. La “merienda de negros” se hacía en el kiosko de la plaza, por parejas y con los ojos vendados y se cruzaban chocolate y churros con desigual fortuna, pues lo mismo apuntaban a la boca, como a los ojos, a las orejas, al pelo o al pecho.
Eran los tiempos de las grandes verbenas con las mejores orquestas que entonces había en La Palma: “Cinco de Palma”, “Río”, “Power”, “López”, “Bolero”, “Gómez” y un asalto con un “pick-up” de Guzmán y Alberto, a partir de las tres de la tarde. Eran también los tiempos de Radio Junior, que tenía un gran altavoz sobre la capota de un coche pequeño y asomaba a las cuatro de la tarde con música que se escuchaba en todo el barrio y se hacía un baile en la plaza, en la que entonces no había luz eléctrica y en una esquina se encendían al anochecer cuatro petromax de carburo, como los que usaban para la pesca del chicharro y la caballa. Las verbenas eran multitudinarias, lo mismo que los bailes en el Salón Juventud de Valentín Pérez, que estaba terminado en 1967, y la gente acudía bien arreglada y luciendo sus mejores galas. La fiesta tenía un estatus elevado para la época, acudían gentes desde toda la isla y era sinónimo de unión entre los vecinos, gente unida y alegre, donde todos se involucraban aportando dinero, comida, bebida, trabajo y mucho entusiasmo.
En la fiesta de Los Quemados también se hacían comedias promovidas por Margarita “Margara” Hernández Lorenzo, entre ellas una titulada “Amor campestre”, que hubo de repetir en alguna ocasión a petición del público, y en las que siempre estaba presente la conexión entre Cuba y Canarias. El escenario se montaba sobre una huerta anexa a la plaza, teniendo como actores principales a Mauricio y Esperanza.
Hubo un año en que se hicieron carrozas, una de ellas dedicada a las provincias de España, donde un grupo de jóvenes vestían el traje típico de cada una, teniendo a España y a Madrid en el centro y las demás dispuestas en escalones, en una iniciativa que se debía a un maestro llamado don Pepe. También se hacían cuadros plásticos, donde Oneida hacía de virgen, Luis Manuel de ángel y participaban, asimismo, María Esther y Toña, entre otros.
Otros números eran las carreras de sortijas en bicicleta, en el que ganaba el último que llegara a la plaza sin poner los pies en el suelo. Las mujeres se ponían en las orillas con unas cintas y los ciclistas trataban de cogerlas mientras mantenían el equilibrio. En la fiesta siempre hubo cabezudos —gigantes y cabezudos—, de los que se conservaba una oreja en madera que había hecho Cornelio Cabrera. La fiesta tenía sus mayordomos y mayordomas, que eran los responsables directos y tenían un orden de mayor a menor, donde la responsabilidad del primero era mayor que la del segundo y así sucesivamente.
Han pasado algo más de sesenta años desde la última celebración de la fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre y ahora la Asociación de Fiestas que preside Aner Salazar Pérez, con el apoyo del Ayuntamiento de Fuencaliente de La Palma y de otros colaboradores, entre empresas y particulares, consigue su recuperación, reiniciando el camino hacia la fama que tuvo en otra época. Esta es una iniciativa loable y refleja la inquietud y el interés de un pueblo celoso de sus tradiciones y que tiene una honra raíz vinculada con la emigración a Cuba.

Quiero referirme, por supuesto, a la Agrupación Cultural “Las viejas solteronas de Los Quemados”, que en la Fiesta de la Vendimia de 2025 cumplieron 60 años y siguen tan campantes, además de guapas, agudas, ingeniosas y de ocurrente retranca. Es la actuación más divertida que espera el gran público, que arropa su actuación con una nutrida asistencia y cálidos aplausos por sus atizadas expresiones. En los últimos años, con la incorporación de las nuevas generaciones, han evolucionado satisfactoriamente, con lo cual la continuidad está garantizada.
Desde hace más de cuatro décadas, las Viejas Solteronas forman parte del programa de las Fiestas de la Vendimia, que en sus primeras ediciones tuvo carácter bianual. Desde entonces, gracias a la iniciativa, esfuerzo, ingenio y agudeza de Floralia Rodríguez, se ha recuperado una danza tradicional antigua, conocida como “las viejas solteronas”, que tiene sus antecedentes en los bailes de candil, en los que alude a la ausencia de hombres jóvenes debido a la prolongada emigración a Cuba, primero y a Venezuela, después y su desconsuelo para poder formar una familia.
En los bailes de candil, las mujeres solteras se reunían después de las faenas agrícolas de cada día a la luz tenue de los candiles para disfrutar de un rato de compañía en el que reían, compartían vivencias y con mucha agudeza, sutileza, picardía y humor hacían pequeñas representaciones teatrales y una danza en la que, en el fondo, reflejaban su cruda realidad.
En la actualidad el grupo lo forman cuatro músicos y diez mujeres, que visten a la usanza de la época y mientras alguna de ellas trata de encontrar cobertura junto a la palma de Ambrosio, allí donde llaman Las Times, otras se tornan irreconocibles entre pañoletas y refajos y entran en escena cantando un estribillo en el que se lamentan de no encontrar novio, de su prolongada soltería y donde cada expresa un verso agudo, picaresco y divertido:
Ay ayayay el tiempo se pasa
Ay ayayay ‘sulteras’ en casa
En el pasado, la danza de las Viejas Solteronas se escenificaba en las fiestas de carnaval en el barrio de Los Quemados, que siempre ha tenido una marcada vocación cultural y festiva, como he querido resumirles en este pregón.
Desde hace más de cuatro décadas, las Viejas Solteronas forman parte del programa de las Fiestas de la Vendimia, que en sus primeras ediciones tuvo carácter bianual. En la actualidad, con el empuje y el tesón que imprime Carmen Dilia Lorenzo Ríos, la Agrupación Cultural “Las viejas solteronas de Los Quemados” vive una nueva y prometedora etapa en la que forma parte esencial del patrimonio y el acervo cultural de Fuencaliente de La Palma, al igual que la inspiración resuelta y repentista de Joseíto Bienes Salazar y de su hijo Yapci Bienes, donde padre e hijo se funden en todo un ejemplo de otra de las tradiciones tan arraigadas fruto de la emigración, como es el punto cubano y sus versadores.
Concluimos recordando la cuarteta que el genial versador cubano Adolfo Alfonso dedicó a un grupo de amigos fuencalenteros cuando coincidimos en un viaje a Cuba, de eso hace algo más de 30 años.
Nacieron en Fuencaliente
Ignacio, Miguel y Juan Carlos
y a los tres hay que situarlos
en tierra tan prominente.
Por su belleza vigente,
vive con amor y calma.
De lo más profundo del alma
se mueve como un ciprés,
porque Fuencaliente es
un orgullo de La Palma.
¡¡ Muchas gracias ¡!
El pregón original ha sido revisado y ampliado con algunos detalles de interés gracias a los testimonios de Amabelia Pérez Hernández, Amilcar “Galileo” Hernández Cabrera, Delfina Cabrera, Carmen Dilia Lorenzo Ríos, Elías Martín Pérez, Epifanio Hernández Pérez, José M. Salazar, Luis Manuel Hernández Bienes, Margarita Hernández Lorenzo, Mignolia Pérez Hernández y Orlinda González Díaz, recogidos en un documental elaborado por Abián San Gil y estrenado el 10 de julio de 2026, a continuación del pregón.

Referencias
Asociación Cultural Etnográfica Caballos Fuscos (caballosfuscos.com).
Asociación Cultural Las Viejas Solteronas de Los Quemados (turismofuencalientelapalma.com).
Díaz Lorenzo, Juan Carlos (1994). Fuencaliente, historia y tradición. Cabildo Insular de La Palma, Ayuntamiento de Fuencaliente y Ediciones La Palma.
Díaz Lorenzo, Juan Carlos. “Homenaje a los Caballos Fuscos, una tradición centenaria de Los Quemados”, publicado el 22 de febrero de 2016 en puentedemando.com.
Díaz Lorenzo, Juan Carlos. “Las viejas solteronas de Los Quemados, agudas e ingeniosas, cumplen 60 años en sociedad”, publicado el 20 de agosto de 2025 en La Mirada del Cronista.
Díaz Lorenzo, Juan Carlos. “La noche mágica de los Caballos Fuscos, la tradición cultural y festiva más antigua de Fuencaliente”, publicado el 25 de agosto de 2025 en La Mirada del Cronista.
Díaz Lorenzo, Juan Carlos. “Los Quemados recupera la fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre”, publicado el 16 de mayo de 2026 en La Mirada del Cronista.
Poggio Capote, Manuel y Lorenzo Francisco, Belén. “La danza de los Caballos Fuscos en Fuencaliente de La Palma”. Revista El Pajar, Cuaderno de Etnografía Canaria, agosto de 2015. Asociación Cultural Mascarones, Santa Cruz de La Palma.
Lorenzo Pérez, Mercedes. “Los Caballos Fuscos: patrimonio cultural del municipio de Fuencaliente de La Palma”. Actas del III Congreso Internacional de la Bajada de la Virgen (2023). Vol. II, pp. 655-665.
Fotos: Aner Salazar Pérez, Abián San Gil, Facundo Cabrera y Juan Carlos Díaz Lorenzo






