Diecisiete vecinos de Fuencaliente figuraban entre los pasajeros del último viaje del tristemente célebre trasatlántico español “Valbanera”, que en la mañana del 20 de agosto de 1919 fondeó en el puerto de Santa Cruz de La Palma, para embarcar a 106 pasajeros con destino a los puertos de Santiago de Cuba y La Habana.
Entre los pasajeros procedentes de Fuencaliente se encontraba Antonio Hernández de Paz (1901-1996), tío abuelo de este cronista, a quien tuvimos la oportunidad de entrevistar en un reportaje que aparece publicado el 2 de agosto de 1986, a página completa, en Diario de Avisos, decano de la prensa de Canarias.
“De Fuencaliente íbamos diecisiete. Unos pocos de Las Caletas, otros de El Charco y la mayoría de Las Indias, entre ellos yo. Llegamos al muelle de Santa Cruz de La Palma, embarcamos en unas lanchas y luego subimos al ‘Valbanera’, iniciando así el viaje a Cuba, que tuvo una duración de doce días, en buenas condiciones de tiempo”.
“Casi todos los pasajeros iban a La Habana, pero un día antes de llegar a Santiago de Cuba, se pasó lista para ver quienes querían saltar en Santiago, y como nosotros íbamos a Zaza del Medio, y teníamos ganas de llegar, nos bajamos en Santiago aunque el pasaje lo teníamos pagado hasta La Habana y esa era nuestra intención primera”.
El pasaje le costó 19 duros (95 pesetas, 0,57 euros). “Me lo pagó mi padre y yo se lo mandé desde Cuba al poco tiempo. En aquella época, además de los barcos de Pinillos, estaban los correos, que salían todos los meses, el día 19 para ser más exactos, y que eran los vapores de Trasatlántica. También había barcos alemanes, que llegaron a ofrecer el pasaje a Cuba desde La Palma a 80 pesetas, pero yo preferí lo españoles, mejor por todo”.
Antonio Hernández de Paz recordaba su viaje a bordo del ‘Valbanera’ como “muy agradable. Los canarios y, en particular, los palmeros, cuando estamos por esos mundos de Dios nos nace un sentimiento especial de compañerismo. Hicimos muchos amigos y nos entreteníamos la mayor parte del tiempo haciendo cuentos y jugando a la baraja”.
“Las comidas eran aceptables. Lo único que racionaban era el agua y tenías que tomarla a pie de un bidón. Si llevabas un cacharrito para tomarla después o guardarla, no te lo permitían. Las comidas si merecían la pena. Todos los días mataban una res y el plato era carne con papas. Al tercer día mataban un cochino. Además, podías repetir y comer toda la que quisieras”.
Al desembarcar en Santiago de Cuba, tomaron el tren hasta la estación de Zaza del Medio “a trabajar en vegas de tabaco. Pasaron tres o cuatro días cuando nos enteramos de la triste suerte del ‘Valbanera’. Me apresuré a escribir a mis padres en La Palma, para que supieran de mí, pues según me enteré después, aquí se pasó una angustia tremenda ya que no se sabía con exactitud quienes habían desembarcado en Santiago de Cuba y quienes continuaron viaje a La Habana, a bordo del barco. Por cierto, recuerdo una triste estampa de una familia de El Paso. El marido desembarcó en Santiago de Cuba para ir por carretera a La Habana y preparar alojamiento para su mujer e hijos. Tenían una niña, de cuatro o cinco años, que le insistía mucho al padre para que fuera con él, pero el padre dijo que no. Cuando el hombre se enteró de la desgracia, imagínate. Dicen que se volvió loco, del desespero tan grande que le entró”.
Antonio Hernández de Paz regresó a La Palma después de cinco años y medio de estancia en Cuba, en el trasatlántico alemán “Toledo”. “Muy bueno el trato, pero la comida no me gustaba, aunque era muy simpático, pues comíamos en tres turnos y llevaba una banda de música a bordo, que nos amenizaba”.
“Cuando regresé aquí había que comer y, además, al año y pico fui al cuartel. Estuve 33 meses en Artillería, en Santa Cruz de Tenerife, pero me lo pasé bien, pues al poco tiempo de estar allí vino un capitán buscando a dos que supieran leer y escribir para trabajar en una imprenta. Y como yo sabía, allá fui. Luego, cuando me licenciaron, regresé a La Palma y me casé”.
De su unión matrimonial con Esperanza Cabrera Hernández nacieron tres hijos —Esperanza, Facundo y Fernando Hernández Cabrera— y el resto de su vida transcurrió en Fuencaliente, dedicado al comercio y la agricultura.
Antonio Hernández de Paz era uno de los siete hijos de Francisco Hernández Hernández, que fue juez de paz, concejal y promotor de la primera escuela pública de Fuencaliente, y de su esposa Manuela de Paz Armas. Falleció el 26 de junio de 1996, a los 95 años. A raíz de la publicación de este reportaje, fue entrevistado en varias ocasiones en Televisión Española, de suerte que su testimonio forma parte del imaginario colectivo de Canarias y su relación con la emigración a Cuba.

Fotos: acuarela de Francisco Noguerol Cajén y hemeroteca de Diario de Avisos (2 de agosto de 1986).
