Maruquita vivía en El Cercado. El volcán de San Juan había destruido su casa y su marido había construido un pajero de piedra seca tapado con palos y pinillo para poder sobrevivir en El Corazoncillo. Una posguerra sustituyó a otra. Los países que ganaron la segunda contienda boicotearon la economía y el Estado español vivió una autarquía oprobiosa hasta 1959.
En Canarias hubo hambre, emigración, sequías, plaga de cigarrones, cartillas de racionamiento. En La Palma, gofio de trigo o millo con gorgojos o de plátanos verdes secados al sol. En Las Manchas y El Charco se volvió a los abiseros del monte, como en tiempos de los benahoaritas, a cavar las raíces de las helecheras para secarlas, tostarlas y molerlas en molinos artesanales para hacer harina de los bollos de helecho que se cocinaban en los hornos adaptados para pasar los higos y tunos.
Los veleros clandestinos “Nuevo Teide”, “San Jorge”, “María Eugenia”… se llevaron a centenares de palmeros, muchos de ellos mancheros, a Venezuela, perseguidos en La Palma y recluidos en cuarentenas de islas desérticas como La Orchila y en centros de reclusión para inmigrantes como el de El Trompillo (Güigüe, Carabobo). Eran los años 50, dictaduras en España y Venezuela (Delgado Chalbaud).
Maruquita vivía sin huertas para los boniatos. Cabras y tuneras, higos pasados, coles abiertas, gofio de millo y cebada y el tocino de las barricas del cochino alimentado con flores de tunos secas, cáscaras y cenizos. Era comida escasa y trabajada.
El agua estaba racionada a cinco litros diarios, procedente de un chorro que José Antonio Jiménez, un vecino ejemplar por su filantropía, logró colocar en La Ermita después de estar 25 años recogiendo aportaciones voluntarias para instalar una tubería desde El Paso para la Unión Manchera, como llamó a aquella comunidad de los cinco litros diarios de agua por familia. Un recipiente para los excedentes daba agua al ganado vacuno que llegaba sediento al chorro y que, muchas veces el labrador debió esperar a que alguna gota cayera al fondo del dornajo para que sus vacas calmaran su sed.
Cabras. Sin cabras no había vida en Las Manchas. Sin cabras no había leche con gofio en el desayuno ni queso para el “conduto” del mediodía. Los damnificados más pobres del volcán que perdieron morada y fincas de secano iban recolectando hierbas por los caminos para darle de comer a las cabras que hidrataban a diario con pencas tiernas. El único deleite culinario, una o dos veces al año, era la carne de cabrito y belete o la carne de cabra cuando se “secaban” y había que sacrificarlas.
Los vecinos más pudientes compraban a vendedores ambulantes la carne de cabra que transportaban en espuertas tapadas con hojas de viña o higuera, al hombro. Tío Ramón, que procedía de La Palma (así llamábamos a la Ciudad) y Crispín, de La Punta del Perro, eran los vendedores más habituales. Maruquita nunca compraba carne de cabra. Algunas veces su marido Pancho traía algún conejo salvaje que sus perros lograban cazar en el monte.
Las hijas de las familias pobres de Las Manchas fueron “colocadas” en familias pudientes de El Paso, Argual o Tazacorte, cuando les llegaba la adolescencia, para que trabajaran de criadas sin sueldo en las labores domésticas. Cama y comida. Las hijas de Maruquita, también.
Don José Pons era el párroco de Las Manchas. Vivía casi sin recursos en una casita minúscula junto a la iglesia de San Nicolás. Don Próspero era el maestro que pasaba necesidad en aquella escuelita habilitada en la casa de la tía Luisa Morales, subiendo las escaleras de la plaza. Nunca se llenaba la escuela: los niños debían trabajar en el campo con sus padres. Don José Pons y don Próspero, sin embargo, daban aliento espiritual con las enseñanzas que impartían. Don Álvaro, el de la tienda, esperaba la guagua que traía el correo con las cartas de Venezuela y el periódico Diario de Avisos.
Lo que sucedía en el mundo se sabía si lo sabía don Álvaro. Maruquita nunca iba a la iglesia ni a esperar cartas en la estafeta de la tienda de don Álvaro. Su vida era de supervivencia minuto a minuto.
Y llegó la noticia del eclipse. En octubre de 1959 todo el mundo hablaba de lo que decía don Álvaro: cerca de las 12 de la mañana del 2 de octubre se haría de noche “fechado” y habría que encender los candiles y hachos de tea para poder alumbrarse. Por mucho que don Álvaro, don Marino Sicilia, que había sustituido a don José Pons o don Próspero intentaran calmar los ánimos, los campesinos hablaron de “la fin del mundo”. La angustia invadió la esperanza. ¿Y si es verdad que es el fin del mundo?.
Maruquita, que no iba a misa ni esperaba cartas de Venezuela, oyó hablar de la hecatombe que venía. Y no se alarmó. Su preocupación no era que el mundo se acababa sino ver si había gofio para el lebrillo del día siguiente o para el zurrón de Pancho. Y aquella tarde se encontró con Lucila la de Conrado, que vivía en Los Campitos, en el descansadero del cruce de caminos de El Cantillo cuando Maruquita regresaba del monte con una paca de pinillo para el relleno de los colchones, antes que llegara el invierno.
– Ah, Lucila. ¿Es verdad eso que dicen que va a llegar “la fin del mundo”?
Lucila se estremeció ante el escaso grado de ansiedad que mostró Maruquita
– Eso están diciendo por ahí, Maruquita. Dicen que el que sabe es don Álvaro.
-¿Y tú que sueles ir a recoger las cartas de Venezuela de tus hermanos, puedes preguntarle si es verdad que el periódico dice que va a venir “la fin del mundo”?
Lucila seguía intrigada por la insistencia serena de Maruquita.
– ¿Pero por qué estás tan pendiente de si viene o no “la fin del mundo”? Lo que sea, será. No podemos hacer nada.
– Pero no te das cuenta, Lucila. Si va a venir “la fin del mundo” tengo que saberlo antes para matar las cabras y aprovechar para comerlas.
El Corazoncillo se oscureció aquel dos de octubre y Maruquita no mató las cabras. Pero cuando se hizo de noche a las doce de la mañana, en aquellos minutos de oscuridad sí vio venir el fin de los tiempos con las cabras en el corral.
Foto: Juan Carlos Díaz Lorenzo

1 comentario
Como siempre, Don Primitivo muestra gran sensibilidad para escribir estas crónicas de cruda realidad.
Maruquita no mató las cabras, ni la fin del mundo allegó. Tampoco llegó ahora y motivos hay para pensarlo.