Desde Santa Cruz de La Palma, su ciudad amada, nos llega la noticia del último verso del genial Bejeque, seudónimo con el que Manuel González Plata (1938-2026) firmaba sus poemas y artículos, aunque hubo un tiempo en que también empleó otro seudónimo, Lijador, para la firma de una sección titulada Intentos breves, publicada en Diario de Avisos —decano de la prensa de Canarias—, para aquellos artículos críticos, corto trazado y menos contemplativos con la realidad cotidiana.
A Manuel González Plata, durante siete lustros la voz sonora y trémola del altivo castillo y la voz limpia y divina de la Nave de María en el Diálogo entre el Castillo y la Nave del extraordinario poeta Antonio Rodríguez López, estrenado en 1875, le conocimos hace cincuenta años, que se dicen pronto, recién iniciada entonces nuestra andadura en el mundo del periodismo.
Manolo Plata, como era conocido, controlaba la caja de caudales del Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, del que fue funcionario competente, serio y riguroso durante 44 años —y de ellos, 30 como tesorero municipal con elevado sentido del deber y la responsabilidad— y compartía despacho con Domingo Acosta Pérez, otra de las figuras legendarias del periodismo en La Palma, autor de multitud de crónicas henchidas de lirismo que recorrían y redescubrían la Isla adentro.
Con ambos mantuvimos una extraordinaria relación, que se prolongó en el tiempo y en especial con Manuel González Plata, con quien compartimos otras inquietudes y vínculos cercanos en parte gracias a su mujer Inés Gutiérrez, que era hija de Bernardo Gutièrrez, el elegante y culto versador de Villa de Mazo, un hombre elegante en las formas, en el trato y en el verso improvisado que dominaba con exquisita pulcritud.
Manuel González Plata ha sido uno de los poetas palmeros más representativos de nuestro tiempo. Plasmaba en cuartillas sus sentimientos más profundos y e hilvanaba siempre con una humildad innata. Hubo un tiempo en el que participó con frecuencia en certámenes, encuentros poéticos, actos culturales y festivos y de todo su sentir emocional nos deja una producción cargada de una profunda emotividad y varios centenares de artículos que son merecedores de un compendio en forma de libro homenaje póstumo, como resumen de su faceta de escritor y crítico de la ventana cotidiana.
Descansa en paz, querido Manolo. Ahora, que has vuelto a reencontrarte con tu querida Inés, a la que despediste en vida, seguro eres el hombre más feliz de este mundo. Y a nosotros nos dejas una sucesión de recuerdos nítidos que harán que siempre estés presente en la memoria fértil del pueblo que te quiere y respeta tu legado y las dos mil llaves de tu singular colección abrirán otras tantas cerraduras en los infinitos caminos del Cielo, donde ahora escribes tus poemas eternos.
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