José María Pérez Morales e Isabel Francisco, naturales de Santa Cruz de La Palma, emigraron a Sancti Spiritus y lograron cierta fortuna en negocios relacionados con el tabaco. En Cuba tuvieron cuatro de sus cinco hijos e hijas.

Regresaron a La Palma y se ubicaron en Las Manchas a principios del siglo XX. Allí adquirieron tierras en El Hoyo de Verdugo y construyeron su vivienda y negocio, cerca de la ermita y junto a la incipiente carretera que iba a unir el sur con la capital y puerto. Al comercio de ultramarinos le construyeron el colgadizo, que era estructura muy habitual en los caminos para el descanso de viajeros.

Luego de la erupción del volcán de 1949 que sepultó el pago de El Cantillo, el más poblado y comercial (venta de María la de Zoilo), la tienda de José María Morales se convirtió en la más surtida, pues la familia “Tabeca” había cerrado su comercio y se fue a vivir a Argual.

Tiempos difíciles de posguerra y decisiones de tipo personal erróneas sumieron en la ruina a la familia Morales que perdió terrenos y posesiones.

En su vivienda, que luego quedó situada junto a la plaza y chorros de la ermita, la familia propietaria alquiló a la Administración de la época una habitación para ubicar allí la escuela de niños. Niños que casi nunca iban a la escuela porque tenían que ayudar en los trabajos familiares de subsistencia. Necesidades de cartillas de racionamiento y autarquía.

El maestro en los años 50 era natural de algún lugar de la Península. Se llamaba don Proceso. Al parecer vivía cerca de Los Llanos de Aridane y llegaba a su escuelita por la mañana y permanecía en ella hasta que terminaba su jornada laboral por la tarde.

“Pasa más hambre que un maestro de escuela”, se decía entonces, con sueldos de miseria en aquellos años de autarquía y emigración.

Desde 1929 se había declarado parroquia al territorio de Las Manchas por el obispo fray Albino González, bajo la advocación de San Nicolás de Bari. En tiempos de don Proceso el cura párroco era don Marino Sicilia.

Don Proceso llevaba siempre una cantina con algunos alimentos para el almuerzo que situaba sobre la mesa del maestro y que, en las dos horas que separaban las clases, aprovechaba para comer. Era un hombre mayor que, habitualmente, se quedaba dormido en esas horas de mediodía. Algunas veces, incluso antes de almorzar.

En una de esas ocasiones, los chicos llegaron a la escuela y notaron que don Proceso estaba dormido y que no había consumido las sardinas fritas que tenía en la cantina. Con mucho cuidado, sin ruido para no despertar al maestro, levantaban la tapa de la cantina, comieron todas las sardinas y colocaron las espinas dentro, como solía hacer don Proceso.

Cuando el maestro se despertó, abrió la cantina y se encontró los espinazos y los alumnos ya sentados en sus pupitres.

— ¿Dónde están las sardinas?, ¿quién se comió las sardinas?

Los muchachos le respondieron que las sardinas no estaban porque él mismo se las había comido y que, al quedarse dormido no se daba cuenta, no lo recordaba.

— Las sardinas se las comió usted, maestro. Todos lo vimos.

Don Proceso se quedó pensativo, con hambre y mirando la cantina sin sardinas. Era verosímil o no lo que le decían los alumnos.

En ese momento sube don Marino las escaleras de la plaza y saluda al maestro:

— Buenas tardes, don Proceso. ¿Ya almorzó?

Don Proceso tardó unos segundos para responder al saludo del sacerdote y, mirando la cantina, contestó:

— Pues no lo sé… los chicos dicen que sí.

Foto: cedida

 

 

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