De la mar y los barcos

Un cadáver a bordo

No me equivocaría al decir que fue el buque Satrústegui, primero en el que tuve ocasión de navegar perteneciente a la centenaria Compañía Trasatlántica, en el que orientase mi vida profesional y me indujera a continuar en ella por espacio de algo más de veinte años. A su condición de buque de pasaje que cubría atractivas líneas repletas de encantos, habría que unir la interesante época de alumno, especialmente cuando se tiene la suerte de estar rodeado de buenos compañeros, como fue el caso.

En aquella época, de la tripulación formaban parte un médico y un capellán e incluso a veces algún miembro de la policía secreta franquista, aunque a ninguno de éstos llegué a conocer a bordo. El médico tenía asignadas las funciones propias de su profesión, velando en permanente guardia por la salud física del pasaje y la tripulación.

El capellán, aparte de administrar los santos sacramentos, tenía otras encomiendas propias de su ministerio, como era velar por el cuidado del alma y la buena moral de tripulación y pasaje , pero muy especialmente del pasaje femenino, que tan expuesto se encontraba a  veces, a los efímeros avatares de Cupido, a que tanto invitaba el entorno y la bohemia marinera de corto recorrido.

Durante mi estancia a bordo y al comienzo de uno uno de los viajes embarcó en Cádiz un joven sevillano recién licenciado en Medicina y especializado en psiquiatría, para hacer la sustitución durante un viaje al titular del barco, que por vacaciones quedaba en tierra, embarcaba para correr una aventura y darse un merecido descanso por los recientes esfuerzos y trabajos a que le había obligado su  licenciatura, según me pudo confesar unas horas después de embarcar.

Teníamos el joven psiquiatra y quien os lo cuenta similares edades, afines gustos y mismas aficiones, así que no tardamos en entablar amistad. Los primeros días de viaje tuvo que administrarse fuertes dosis de biodramina, pero el buen tiempo y cómodo ambiente a bordo pronto le harían recuperarse. En aquella época el movimiento “hippie” se encontraba en plena actualidad y el número de  jóvenes pasajeros seguidores que desde Europa se trasladaban a Latinoamérica de vacaciones era considerable. El precio del pasaje en barco les resultaba mucho más soportable que hacerlo en avión, a lo que había que añadir la muy aceptable comida española  y las bebidas baratas a bordo.

Un luctuoso hecho vendría a enturbiar las “vacaciones pagadas” al reciente psiquiatra. Un par de días después de la salida de Cartagena de Indias y en viaje de retorno hacia España,  al finalizar la misa vespertina, el capellán comienza a sentirse indispuesto con un fuerte dolor en el pecho irradiado hacia el hombro izquierdo; la pronta administración de un medicamento sublingual  no fue suficiente remedio y a los pocos minutos falleció.

Inmediatamente ocurrido el óbito, el capitán  Gerardo Larrañaga dio instrucciones al primer oficial para que se procediera a preparar un ataúd de los varios estibados para esos menesteres en el local del servomotor del timón y, como era de esperar, se encontrarían en deprimente estado de suciedad por los excrementos de los loros. Como venía siendo usual, aquel era el lugar ideal para el transporte de las parlanchinas aves, dada su óptima temperatura y lo alejado de la habilitación. El problema es que en aquel lugar los loros aprendían los ruidos de los motores, bombas y aparatos ubicados en la sala de máquinas. Los cambulloneros canarios, que eran los habituales destinatarios de los simpáticos pájaros, preguntaban qué era lo que decían al oírlos emitiendo aquellos extraños sonidos. El vendedor solía responder que “hablan el idioma de los indios motilones, ya que los pájaros proceden de Colombia.” El bueno del cambullonero de turno, poco convencido pues esperaba la conocida respuesta repetida en cada viaje, abonaba el dinero pactado y marchaba con su compra.

Después de las instrucciones dadas por el capitán Larrañaga al primer oficial, hizo lo propio con el médico, al que le muestra el artículo 14 del capítulo IX de las Instrucciones Generales para los Servicios Marítimos de la compañía, donde quedaba negro sobre blanco y perfectamente especificado, cómo y quién debería proceder al embalsamamiento del cadáver del capellán. Al médico aventurero le cambió el color del rostro cuando escuchaba atento la lectura de la norma.

A los pocos minutos de recibir las instrucciones, Antonio, que era su nombre, se presenta en mi camarote visiblemente contrariado, para comunicarme que él no tenía práctica alguna en operaciones de embalsamamiento y que sus conocimientos se limitaban a la teoría aprendida en alguna asignatura, y a lo visto en alguna práctica de anatomía durante el tiempo de carrera. Le pregunté qué pensaba hacer, a lo que me respondió que lo estaba pensando.

Transcurridas un par de horas de nuestra conversación coincidimos en el bar de primera clase y me comunica que no encuentra el formol en la enfermería, y que por tanto piensa que  habrá que darle al finado enterramiento en la mar. Al comunicar al capitán la incidencia, éste monta en cólera y pide inmediatamente la presencia del sobrecargo, a quien hace revisar el inventario de enfermería. Chequeado éste, se comprueba que figuraba la existencia de una garrafa con 16 litros de formol, que por ninguna parte aparecía.

Un pasajero de primera clase media en  la acalorada discusión suscitada entre  capitán y  sobrecargo en torno a la actualización y fiabilidad del inventario. Apuntó el intruso que él era médico, y como tal había participado en la guerra de Corea y comentaba que  cuando fallecía algún militar en el frente de batalla, era práctica frecuente embalsamarlo utilizando gasoil del utilizado en los equipos militares, y de esta forma se conservaba hasta la repatriación a EE.UU. sin mayores problemas.

Oída la sugerencia por el capitán, éste instruye al médico para que proceda de inmediato a la maniobra de embalsamamiento, siguiendo el protocolo que ambos acababan de escuchar por boca del sanitario militar americano. El practicante, también presente en aquél momento, se negó a colaborar  y en  ese momento fue solicitada mi colaboración.

Se subieron dos baldes de gasoil de la sala de máquinas a la enfermería. El médico procedió a la preparación del cadáver y yo sin entrar en detalles, colaboré recargando una gran jeringuilla con gasoil y entregándosela al médico, para que éste fuese inyectándolo según el protocolo adecuado. Tras finalizar la maniobra, el accidental tanoplastor  procedió a tapar las incisiones practicadas con esparadrapo y dejar al pobre “pater”, ya gozando de la vida eterna sobre una camilla de la enfermería, para al día siguiente acabar con los últimos detalles del fúnebre trabajo, y que pasaban a formar parte de las responsabilidades del plomero de a bordo.

A primera hora del siguiente día, el plomero, equipado con la herramienta correspondiente y acompañado por el médico, se personaron en la enfermería donde se encontraron con una estampa un tanto dantesca y desagradable: la goma adhesiva del esparadrapo había sido disuelta por efecto del gasoil y el suelo del alojamiento sanitario recogía una mezcla de combustibles y otros efluvios que se habían escapado del cuerpo del pobre capellán.

Informado el capitán, éste se persona en la enfermería y a la vista de la situación, ordena que de inmediato el cadáver sea introducido en el ataúd  de zinc y se proceda a la operación de soldado. El plomero informa del peligro que puede representar una explosión, debido al efecto del fuego de las lamparillas utilizadas para la soldadura al contacto con los gases de gasoil que enrarecían el ambiente, por lo que se negaba a efectuar el trabajo; negativa que, entre otras cosas, le hicieron perder las 150 pesetas en concepto de gratificación por el específico trabajo, como indicaba la norma.

El capitán Larrañaga siempre fue un fiel cumplidor de reglamentos y normas, así que una vez amortajado el cuerpo, lastrado con un trozo de emparrillado de la caldereta y cubierto con la bandera española, se procedió a parar máquinas y después del responso oficiado por el segundo oficial y con la ayuda de una rampa de madera, se procedió a darle  sepultura en la mar .

-Juan, nunca más volveré a pisar un barco.

-¿Que ocurrió con la garrafa de formol…?

La lancé al agua para evitar el embalsamamiento…

-Me lo temía…

Esta fue mi ultima conversación con Antonio en la estación de autobuses Comes, cuando fui a despedirle y ayudarle con el equipaje desde la cercana estación marítima de Cádiz. Equipaje que a los efectos personales se unía un machete de cortar caña ,un sombrero de mariachi, un loro y una tortuga carey disecada, está última y a juzgar por su espléndido aspecto, tratada con la idónea profesionalidad que da la experiencia….

Así ocurrió y así lo cuento.

(*) Jefe de Máquinas de la Marina Mercante 

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