La Palma, una Isla del Atlántico

Lo que el volcán se llevó

En la madrugada del 8 de julio de 1949 comenzó la salida de la lava del volcán de San Juan desde la fractura del llano del Banco. Al amanecer era claramente visible el enorme peligro que se cernía sobre el barrio de Las Manchas, adonde fueron llegando las autoridades insulares. El primer teniente de alcalde de El Paso, Miguel Jurado Serrano, en nombre de la alcaldía, dio órdenes de movilizar a todos los camiones del municipio y pidió ayuda a los alcaldes de Los Llanos de Aridane y Tazacorte.

Con la colaboración de los propios vecinos, así como de otros venidos de los pueblos colindantes, las fuerzas de la Guardia Civil y las tropas del Batallón de Infantería La Palma nº 29, destacadas en Argual, evacuaron todo lo que quedaba en tiendas de comestibles, casas, lagares, puertas, ventanas, tejas y maderas aprovechables, muebles de las escuelas, las imágenes religiosas y ornamentos de la ermita de San Nicolás, la madera almacenada en el cargadero y los animales domésticos que aún se encontraban en la zona.

La movilización fue rápida y se realizó en camiones, guaguas, coches y carros tirados por bestias, lo que permitió salvar numerosos enseres, formándose una larga caravana en dirección a Los Llanos de Aridane y El Paso, donde ya se encontraban evacuadas más de un millar de personas desde hacía varios días, debido a los daños causados en las viviendas por los temblores de tierra. Los nuevos desplazados fueron alojados en colegios, almacenes de empaquetado de plátanos y casas particulares de los vecinos del valle de Aridane.

Poco después de que el primer teniente de alcalde de El Paso diera la orden de evacuación, llegaron las autoridades insulares y los geólogos Juan María Bonelli Rubio y Simón Benítez Padilla, así como los alcaldes de Mazo y Fuencaliente, con vehículos y vecindario dispuestos a cooperar en todo lo que fuera posible.

Testigos de los acontecimientos en Las Manchas dicen que dos hermanos, conocidos por el apodo de “los abejones”, se encerraron en su casa cuando vieron venir la lava, porque pensaban que con ellos dentro pasaría de largo. La gente les gritaba para que se echaran fuera, pero ellos no hacían caso, por lo que tuvo que intervenir la Guardia Civil y los sacó por la fuerza.

Fisura del Llano del Banco, por la que salió la lava del volcán de San Juan
Fisura del Llano del Banco, por la que salió la lava del volcán de San Juan

Recuerdos tristes

El recorrido de la lava iba dejando una huella impresionante en la destrucción de casas, bodegas, pajeros, fincas y viñedos. Los testigos coinciden en afirmar que era una tristeza muy grande para quienes perdieron sus casas y propiedades, aunque para los demás aquello era un espectáculo inenarrable. La gente venía a ver el paso de la lava desde todas partes de la Isla. La Guardia Civil tenía que esforzarse en alejar a los curiosos del paso de la corriente de fuego, que iba avanzando lenta pero inexorablemente hacia el mar.

“Los recuerdos que tengo del volcán son tristes”, comienza diciendo José Expósito Pérez (1919). “Estábamos durmiendo en una chabola, encima de una huerta, cuando llegan diciendo que el fuego estaba llegando a Bernal. Yo estaba acostado, pues además me encontraba enfermo. ¿Cómo va a ver eso, si ya estaba todo quemado? Eso no puede ser. Me levanto y se veía el fuego por ahí para abajo y en eso ya estaba aquí la Guardia Civil y la gente en la carretera. En fin, resulta que era la lava. La gente se alborotó y empezaron a llegar camiones. Por cierto, el primero que llegó cargó en mi casa. Se fue la mujer y la chica y yo me quedé. Deja ver. Con que luego, más tarde, llegó otro camión y cargó en casa de María, mi cuñada, y el volcán que venía llegando ahí mismo. Cuando llegó vi cómo se llevó la casa de mi cuñada, y digo, ahorita se lleva la mía. Pero ese día no se la llevó. Se la llevó al otro día. Hasta que no se la llevó, yo no salí de ella. Yo estaba sin comer, mejor dicho, yo no había comido nada. Y al otro día, cuando se la llevó, yo dije: aquí no hago nada, ya no tengo nada. Me voy”.

“Entonces –prosigue– no sabía dónde estaba mi mujer. Cogí una bicicleta que tenía y salí por ahí abajo averiguando adónde había ido a parar y me dijeron que estaba en Los Llanos, en la casa de Mariano Nazco. Y, sí, fui y di con ella. Aquí quedó el ganado y cuando volví, unos se habían llevado las cabras para un lado, otros un cochino que tenía para otro, ¡qué sé yo! Y yo enfermo, sin un duro, sin casa y sin nada. Así que ese es el recuerdo que yo tengo del volcán”.

“Y gracias que el que tenía el comercio y la molina, uno que le decían Julín, hijo de Julián Simón, allí era donde nosotros cogíamos las raciones. Pero yo, como no tenía ni un duro, pues no iba a buscarlas, porque yo me decía, dentro de poco ya no me las dan. Y es que ya le debía dinero. Un día me mandó una carta y yo pensé, esto es pidiéndome lo que le debo. Pero fue al revés. Era para mandarme dinero y que fuera a recoger las raciones. Hubo gente que se portó muy bien con nosotros”.

Ermita de San Nicolás, en Las Manchas
Ermita de San Nicolás, en Las Manchas

Penurias y promesas incumplidas

“De toda aquella ayuda que prometieron –concluye–, no dieron nada o dieron muy poco. Las casas que se llevó el volcán no las pagaron. El terreno que se me llevó lo valoraron en 5.500 pesetas. Y luego, al fin, lo que me dieron fue 1.100 pesetas con cinco céntimos, y haciéndome ir a cada rato a Los Llanos, diciendo que si la casa la iban a hacer aquí, que si la iban a hacer allá. Y, al fin, no hicieron nada. Lo único que sí hicieron, apenas yo empecé a hacer ésta, es que todavía no la había terminado cuando ya me habían puesto la contribución. Esa fue la única ayuda que tuve. Así que eso es lo que yo le puedo contar. Todavía, y mire el tiempo que ha pasado, no quiero ni recordarlo”.

La memoria de su esposa, Juana Camacho González (1922-2011), a punto de dar a luz a su segundo hijo en aquellos días, cuando la entrevistamos en 2004 mantenía una precisión absoluta al evocar los recuerdos de aquellos días azarosos:

“Yo estaba en un trocito de terreno que había más arriba, pues había ido a buscar un cesto de flores de tunos para el cochino y venía bajando. Yo, la verdad, no vi el fuego hasta que llegué a la carretera, donde estaban las higueras del Grajo, cuando oí a la gente con el laberinto de que venía el fuego por ahí para abajo. Y era la lava. Entonces, lo que hice fue recoger las cositas que teníamos, lo que pude y en un saco de carbón que había vacío metí la ropa que tenía en el armario para poderla salvar, porque creía uno que la lava llegaba rápido. En el primer camión salí para Los Llanos”.

“A mi hija Sérvula me la llevó Laureana, con el chico de ella, caminando por la carretera y cuando llegué a Los Llanos no la encontré. No sabía para dónde había ido. Enseguida, al desocupar el camión, le pregunté a mamá, que estaba atendiendo a Amelia, que hacía poco había dado a luz, que si Sérvula estaba con ella. No, aquí no me la han dejado. Entonces, en el primer camión que encontré volví otra vez a Las Manchas, a buscar a la chica y estaba en la casa de Gabriel ‘el peludo’. Laureana la tenía allí. Ella nunca había tomado la leche por una taza, sino por el biberón. Las cabras las tenía Regina, que en paz descanse, en su casa, pues las conoció y se las llevó con ella. Yo fui y ordeñé la leche cruda y le di una taza a la chica y era tanta el hambre que tenía que se la comió como si había sido por el biberón”.

“Después regresé a Los Llanos y allí estuvimos un tiempo. Cuando supe que el volcán se había llevado la casa me dio un gran susto y un gran disgusto. ¡Dios mío, qué cosa más grande! Poco se podía pasar entonces por aquí, porque eso estaba que ardía todavía. Entonces, las guaguas ya llegaban a un lado y al otro de donde pasó la lava. Al poco tiempo di a luz en el hospital de La Palma, donde me atendieron muy bien. Incluso muchas señoras de allí me dieron ropas para el recién nacido. Volví derecha a Los Llanos, me acuerdo que fui en el coche de Gabriel ‘el de la guagua’, que no tenía puertas por los lados ni nada. Yo llegué tullida, que no podía conmigo. Los vecinos de Los Llanos se portaron muy bien con nosotros”.

“En septiembre –prosigue–, cuando fueron a abrir las escuelas, nos echaron fuera. Entonces vinimos para un pajerito que está por encima del cementerio, que era de una tía que estaba en Cuba. Cuando llegó el invierno, llovió y se nos mojó la cajita del gofio, se nos mojaron los higos pasados, se nos mojó el camarote donde dormíamos; sólo el chico fue el único que no se mojó por la noche, porque lo abrigué conmigo. La chica, que entonces tenía tres años, sí se mojó todita y mi marido y yo también nos mojamos”.

“De allí salimos para la casa de Juanito ‘el de Paula’ y allí estuvimos unos cuantos meses. Entonces mi marido intentó hacer un pajerito, un sitio donde uno meterse. Y sí, se pudo hacer. Muchos vecinos nos dieron los peones, Andrés ‘el de Idilia’, Pepe ‘el de Marta’, en fin, entre todos ellos nos perdonaron algunos jornales. Hicimos el pajerito de un agua y cuando nos metimos dentro nos parecía que éramos ricos, cuando por fin entramos dentro de lo nuestro. Después, decían que compráramos el solar para hacer la casa. Incluso vendí un fisco de dote para comprar este solar, porque lindaba con la casa nuestra y lo compramos a toda prisa, porque querían hacer las casas. Y si hubiera sido por ellos, todavía estaríamos esperando. Así que sí pasamos trabajos. Y mi marido enfermo, con una pierna mala. En 1951 estuvo ingresado una temporada en el hospital de La Palma para operarse de la pierna. Fíjese los recursos que nos quedarían, con él sin poder trabajar, con los dos hijos chicos, en manos de la caridad de los vecinos y de alguna limosna que me hacían”.

“Un día –concluye el relato–, saliendo de la molina, Julín me llamó para atrás. Me dio un sobrito y yo no lo abrí. Llegué a casa y le dije a Pepe: Esto es para pedirte el dinero de las raciones. Pues no. Era que le mandaba dinero, porque sabía que estaba enfermo, para que fuéramos a recoger las raciones para poder comer. Y, la verdad, ese hombre, ¡Dios lo tenga en la gloria!, fue muy bueno para nosotros”.

Panorámica de los cráteres de la erupción del volcán de San Juan
Panorámica de los cráteres de la erupción del volcán de San Juan

Reparto desigual

La ayuda económica y material que llegó a La Palma, no se repartió por igual, por lo que hubo personas que pasaron verdadera necesidad y consiguieron escapar gracias a la generosidad de sus vecinos y de personas anónimas impresionadas por lo que estaban viviendo.

A instancias del ministro de la Gobernación, Blas Pérez González, una comisión de técnicos del Instituto Nacional de Colonización emprendió viaje a La Palma, con la finalidad de ver la posibilidad de adquirir una o dos fincas de grandes dimensiones que podían ser parceladas y donadas a los agricultores que habían perdido sus propiedades al quedar sepultadas por la lava.

Otra comisión de la Dirección General de Regiones Devastadas vino con la misión de atender la reconstrucción de todas las viviendas que habían resultado destruidas o con graves daños por la lava o los temblores de tierra.

De las personas evacuadas, niños, adolescentes y adultos, una parte fueron a Santa Cruz de La Palma y se alojaron durante varios días en casas particulares ofrecidas por sus habitantes. Los que necesitaron cuidados médicos fueron ingresados en el Hospital de Dolores, donde recibieron las atenciones que requerían.

El doctor Amílcar Morera Bravo realizó más de cuarenta intervenciones quirúrgicas. Los médicos de la isla, tanto de medicina general como especialistas, atendieron cientos de consultas de los evacuados.

Cuando la erupción llegó al final y el brazo de lava se había solidificado, aunque todavía en su interior mantenía temperaturas elevadas, “ya son varias las personas que han atravesado de un lado a otro de la corriente lávica, si bien esto debe considerarse aún como un arriesgado y peligroso intento, pues todavía es necesario esperar muchos días a que se enfríe totalmente el brazo de lava para dar comienzo a los trabajos tendentes a poner nuevamente en servicio la carretera general en el tramo donde fue cortada por la corriente ígnea”.

La autoridad, al tener conocimiento de que, en efecto, muchos vecinos de Las Manchas y Jedey evacuados en el valle de Aridane habían pasado a “la zona oriental” cruzando el volcán, “lo que encierra grave peligro por las posibles explosiones por expulsiones de gases, que constantemente se registran en todo aquel sector”, prohibió terminantemente que nadie circulara sobre el brazo de lava hasta que los técnicos creyeran oportuno autorizarlo.

“Diario de Avisos” insistía en este asunto: “Algunos vecinos (…) y que soslayando temerariamente las órdenes de la autoridad han logrado llegar a los lugares donde creen que otrora tuvieron sus casas y sus cultivos, no pueden fijar exactamente los linderos. De tal forma el fenómeno ha cambiado la topografía de aquel sector”.

“Se nos dice -prosigue- que son muchas las personas que tanto por los lugares de Las Manchas, por donde corrió la lava, como por el barranco de La Jurada, han pasado, sino tan tranquilamente, si un poco deprisa, aunque con manifiesta inconsciencia siempre”.

Y es que hubo quienes quemaron la lona de sus alpargatas y se llevaron sustos de muerte cuando pisaban la costra de la lava que todavía estaba caliente.

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo y Fernando Rodríguez Sánchez

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