De la mar y los barcosDestacado

La venganza en la mar es un plato que se sirve frío / y 2

Cuatro horas de preocupante espera  llevábamos cuando avistamos una pequeña embarcación que retornaba del marisqueo de langostas. Respondieron rápidamente a nuestras señales de aviso que con la ropa le hiciéramos y  acudieron en nuestro auxilio. Con la ayuda de varios de los pescadores pudimos arrastrar, no sin dificultad, la embarcación hasta el agua, cuando ya comenzaba a anochecer.

-Juan, entre la puñetera “parada” en el triángulo de las Bermudas y ahora esto, creo que le voy a proponer a la Compañía que, en lo sucesivo, es mejor que no coincidamos en otros barcos…

-Paco, haz lo que te parezca, pero creo que el “gafe” no soy yo….

Mi preocupación por la venganza a los cabreos acumulados se acrecentaba por horas. A la llegada a bordo, ya entrada la noche, fuimos recibidos por la tripulación con una curiosa mezcla de alegría/cabreo y que debido a la diferencia de galones  y al “respeto debido”, no fue a más.

-Jefe, la máquina está lista y probada, acabamos con el trabajo del pistón a las cinco, en la mesa del despacho te he dejado las calibraciones; nos hubiera gustado salir a tierra a tomar unos roncitos, pero parece que no ha sido posible…, me dice a modo de recibimiento . el entrañable Carlos Ceballos con aquella noble y cómplice sonrisa en la cara, que siempre lo caracterizó y caracteriza a las buenas personas.

-Gracias, Carlos. Lo siento, en la estancia en el próximo puerto lo tendremos en cuenta, fue mi lacónica respuesta.

El siguiente puerto sería Corinto, en la vecina Nicaragua, a pocas horas de navegación, pero suficientes y muy a propósito para recibir las represalias que desde la salida de San Juan estaba esperando.

Una vez “listo de máquinas”, subí al camarote con objeto de poner en orden y actualizar la parte de la burocracia de los trabajos efectuados en los últimos días, cuando de pronto oigo unos golpes secos que parecían venir de la sala de máquinas y una pequeña disminución en las revoluciones del motor principal. Como un cohete bajé a la sala de máquinas y me encuentro a Ceballos muy atento ante el control y aparentemente nervioso…

-¿Qué ha pasado, Carlos….?

 – No sé, jefe, he oído como unos golpes y el motor ha bajado durante unos instantes de revoluciones, pero todo parece bien…

Tras permanecer en el control tiempo suficiente para comprobar que aparentemente todo marchaba bien, subí hacia la zona del guardacalor con intención de comprobar la posibilidad de que válvula de charnela de la caldera de gases pudiera estar suelta y se hubiese producido una obstrucción momentánea de la salida de gases y fuera el origen tanto de los secos golpes por todos oídos, como de la reducción momentánea de las revoluciones.

Al mirar hacia arriba, veo con estupor y extrañeza como salía de la chimenea un denso y amarillento humo. Me dirigí rápidamente a la cubierta de la magistral para observar el extraño fenómeno a menos distancia y al pasar por el puente me encuentro a Pepe “el furia” con un puñado de pequeños trozos de aros de pistón en la mano.

– Juan, esto ha salido por la chimenea. La cubierta de botes está llena de estos pequeños trozos…

Un momentáneo desasosiego y atroces pensamientos me torturaron durante unos segundos, hasta que el capitán presente en el puente no pudo contener las carcajadas al ver mi cara más de estupor que de incertidumbre…

Un contubernio formado por Carlos Ceballos, José Lloréns (Pepe “el furia”) y el capitán Francisco Bilbeny habían urdido la maléfica idea y coordinaron la venganza: mientras uno con una mandarria daba unos fuertes golpes en la zona del guardacalor, otro activaba un bote de humos del equipo de salvamento caducado y colocándolo sobre la chimenea a la vez que esparcía por la cubierta un puñado de pequeños trozos de aros, que procedentes del pistón que se había reconocido en San Lorenzo, había sido previamente troceado en el taller por Carlos; el mismo que había producido la variación momentánea de las revoluciones del motor principal.

No tuve más remedio que encajar la broma y seguir viaje con deportividad rumbo al puerto de Corinto, donde descargaríamos una partida de camiones Pegaso que había comprado Tachito Somoza, hijo del dictador Somoza. Aquella escala en el puerto nicaragüense fue más que curiosa y accidentada, pero eso es otra historia.

Así sucedió y así os lo cuento.

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