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El volcán de San Juan, en la memoria de Francisco Sánchez (1938-2017)

Hemos conocido hoy la noticia del fallecimiento de Francisco Sánchez Pérez (1938-2017), entrañable amigo desde los años mozos. En el momento de desgranar el rosario de los recuerdos, las cuentas nos hacen evocar momentos felices y entrañables, medidos en años de virtud y gratitud a la amistad leal y bien entendida. Recogemos su testimonio de la erupción del volcán de San Juan, publicado en 1999, a modo de humilde homenaje. Descanse en paz y reciba su familia nuestra sincera condolencia.

“El 24 de junio de 1949, el día en que comenzó el volcán de San Juan, subía yo con mi hermano por el camino de El Callejón, de pelarnos en casa de don Justo, en paz descanse, que era el único que había por aquí en esa época y cuando veníamos a mitad del camino vimos una humareda muy grande arriba en la cumbre, en el Hoyo del Duraznero”, comienza su relato Francisco Sánchez Pérez (1938-2017), vecino de Las Manchas y años más tarde, alcalde de la ciudad de El Paso. 

“Cuando llegamos a Las Manchas la sorpresa nuestra fue que todo el mundo comentaba que era un volcán. Recuerdo que estaba el circo “Canarias”, que también llamaban el circo “Toti” en la huerta de la ermita y se alborotaron algo terrible y nosotros, mi hermano y yo, la ilusión nuestra era ir a ver el volcán”. 

“A las dos de la tarde salió mi padre con unos amigos, y nos quedamos cerca de donde hoy está el bodegón de Federico, desconsolados y llorando, porque no nos llevaban a ver el volcán. Cuando regresaron por la tarde y nos contaron lo que habían visto, pues más desconsuelo todavía. Al principio teníamos un poco de nervios, por los dos temblores que había habido, pero cuando reventó el volcán fue cuando vinieron los temblores mucho más grandes e intensos”. 

“El 2 de julio, día de la Patrona, fuimos evacuados y primero nos llevaron a vivir a la casa de Manuel Mederos, en La Laguna, donde hoy está la gasolinera, y luego, cuando terminó la lava, a los 19 días, nos fuimos a vivir a Argual, detrás del campo de fútbol. Después volvimos cuando ya se hizo la primera pista sobre la lava del volcán, que se quemaban las alpargatas. Cuando la hicieron veníamos a clase con mi padre y al año, más o menos, ya nos vinimos definitivamente otra vez para Las Manchas”. 

“La escuela era una casa de dos pisos, que está bajando hacia Cuatro Caminos. Todo el mundo salió de aquí. En Las Manchas quedaron dos vecinos solamente, don José Ana y Faustino González, más conocido por Faustino “berruga”, que fueron los únicos que se quedaron”. 

“Cuando salió la lava y llegó al mar, veníamos en falúas desde el Puerto a Puerto Naos, frente a la lava, que tardó dos días en llegar al mar, desde que, a primeros de julio, salió por el Llano del Banco. La lava salió el 8 de julio. Ese día veníamos de La Laguna para Las Manchas caminando y cuando llegamos por debajo de la montaña Cogote, cerca de donde está el cementerio, nos encontramos con la humareda arriba y al llegar a la ermita con todo el movimiento de camiones, llevándose todo. Así estuvimos hasta las dos o las tres de la tarde, en que nos fuimos otra vez, cuando la lava ya llegó a la carretera. Al día siguiente fuimos a verla a Todoque en el camión de Pancho ‘el de la Indiana’, de La Laguna”. 

“Recuerdo que subíamos por la lava ya seca, la de la orilla y quedaba el río líquido por el centro, se volteó una piedra y salió una llamarada enorme. Aquello fue una imprudencia. El día que llegó al mar fue una gran cantidad de gente al risco, pensando que aquello iba a ser algo impresionante. Y, sin embargo, fue una decepción para todos, porque cuando llegó al mar empezó a hervir el agua. Claro, todos pensábamos que sucedería lo que pasó aquí, en el aljibe de don Manuel Brito, que al caer la lava y tapar el agua hizo una explosión enorme y creíamos que en el mar iba a ser igual. Total, que el mar entró sin que pasara nada, eso sí, mucho vapor de agua. Y los que pasaban en falúa contaban que cerca había gran cantidad de peces muertos del calor tan enorme que había”. 

“El paso de la lava, el volcán mismo con los temblores, afectó a mucha gente por aquí. Quiero recordar que a mi suegro le llevó 15 celemines de la mejor zona de viña que había y la casa de su madre. De lo que prometieron se dio una cantidad pequeña a los agricultores que perdieron sus terrenos y a través de Regiones Devastadas se repararon las viviendas dañadas por los terremotos. Pero no hubo más ayudas, a pesar de que se volcaron desde las otras islas y de la Península. Hubo también una promesa, de la charca de los Dos Pinos, para los vecinos de Las Manchas, pero al cabo del tiempo, como no cotizaban, perdieron sus derechos”. 

“¡Lo que es la ignorancia! Quiero recordar que un médico famoso que había en Los Llanos, con un palo, un cacharro y una vara grande quiso coger lava líquida y se le derritió ahí mismo. Y una avioneta que pasó por encima de la boca del volcán, muy confiados y no pensaron en el aire caliente y dio un bajón impresionante y casi cae en la boca del volcán”. 

“Hasta que bajó la lava por Mazo, la gente venía a montones. Fue una catástrofe para algunos, pero dio crecimiento a la Isla y sólo un desaparecido por la zona de las Breñas, que estaba algo trastornado. Por lo demás, no hubo desgracias, gracias a Dios”[1].

Nota:

[1] Testimonio de Francisco Sánchez Pérez, Las Manchas, diciembre de 1999. Publicado en el libro “El volcán de San Juan. Crónica de una erupción del siglo XX” (2000), de Juan Carlos Díaz Lorenzo.

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